La locura del soñar.

Hay días en los que la luz del sol tiene un tono esperanza. Es una mezcla emocional que se mueve entre la melancolía, el ímpetu y un montón de buenos propósitos. Es esa pequeña sensación de que a pesar de que los pasos son pequeños, estás haciendo las cosas bien, o por lo menos, las estas haciendo, que ya es algo. Es el momento de paz justo después de ganar la última batalla. A la espera de la siguiente.

“Todo llega” dice mi madre. “Sí mamá, pero es que tarda mucho”.

Soy impaciente por naturaleza.

Esa misma luz también me hace soñar.

Sueño. Sueño mucho y lo hago a menudo. Todos los días, de echo. Muchas veces miro a otra gente con la que me cruzo en la vida y me asombro porque veo en ellos la falta de ilusiones, de esperanzas, de deseos… pero vagan por sus vidas aparentemente felices. No soy quién para juzgar. Ni mucho menos. Pero me pregunto en qué reside esa felicidad sin sueños.

Imagino que ellos deben pensar lo mismo de mí. “Mira esa chica extraña, siempre en las nubes, imaginando historias todos los días”. Deben mirarme y cuestionarse si soy feliz en mi mundo, sin darle importancia a esas cosas a las que ellos sí se las dan, y les debe parecer extraño que encuentre la felicidad garabateando con un lápiz durante horas.

Para ellos debo ser la extraña que ellos son para mí.

¿Es loco soñar tan a menudo? ¿ Somos raros los que soñamos con nuestros objetivos más imposibles? ¿Porqué hay gente que sueña y otra que no? ¿Somos más locos los que lo hacemos?