Ese monstruo que tenemos dentro.

A veces me echo tierra por encima a mi misma.

Me lleno de mierda de pies a cabeza.

Soy mi peor enemiga. De una forma muy cruel.

Cuando me dicen que para escribir debo ahondar en mis pensamientos, sacar mis tripas por encima de todas las cosas sin importarme el qué ni el cómo, me imagino tal cual ahora… vulnerable y con ganas de esconderme en la esquina de mi habitación, acurrucada, hecha una bola, para que nadie me vea.

Sí. Sé que la culpa la tengo yo. Por escuchar a mi monstruo. Ese que de vez en cuando me saca un espejo, me lo pone en la cara y me dice: “ésta eres tu, ¿cómo no iban a ser las cosas de otra manera?, ¿te has visto?”. Ese al que no se debe escuchar nunca.

Dicen que todos tenemos uno. Un monstruo maligno.

El mío me obliga a mirar.

Me obliga a mirarla a Ella. Con envidia. Casi resentimiento. Ella, tan guapa, grácil, femenina y brillante, el pelo le reluce, los ojos tan grandes, desprende confianza y sensualidad… Es bonita.

Mi monstruo me hunde mientras me sacude. Me veo a mi, de nuevo, en ese maldito espejo, con mis ojeras moradas, mi nariz aguileña, mi cara sin pintar y con los poros reventados, sinónimo de una noche de auto-lesión ultra destructiva de un acné que nunca se terminó de ir.

Se alimenta de mi en esos días en que no me quiero. Me chupa la autoestima con porqués resueltos con su propio sentido malicioso hasta que me doy asco. Un asco tan tremendo que comprendo que él no quiera tocarme, y que le sonría a otras mientras yo me quedo ahí, esperando un pedacito de normalidad, una migaja de pasión.

Mi monstruo al fin ríe. Satisfecho.