A veces el amor es como una vela.

Yo me lo imagino de aquellas blancas y alargadas. Delicadas.

Son de las que se encienden rápidas, como la efervescencia de las hormonas juveniles, salvajes y desbocadas. Una sacudida intensa, seguida de un fulgor chisporroteante, potente, lleno de un color vivaz… Los rojos y naranjas se diluyen en una humareda negra tan delicada que dibuja ondas sutiles en el aire. Huele a ilusión, a melancolía encontrada, a sueños cumplidos… con sombras cálidas, íntimas, como un secreto dicho en susurros….

La luz brilla, durante algún tiempo, tranquila y duradera, de vez en cuando un poco de viento la hace vibrar, pero mantiene su intensidad con firmeza, sin dudas, con la valentía de los que tienen fuertes convicciones…

Sin embargo, llega un momento que dependiendo del soporte que la vela tenga, si es muy profundo, éste se llena de cera líquida. Su luz siente la amenaza. La hace temblar, la ahoga, la sacude… la vela intenta no apagar su fuego. Sufre, pelea, quiere recuperar su fulgor.

Pero da igual que esa cera desaparezca, puede ayudarla un tiempo pero… llegará un momento, al final de su mecha, que la luz se apagara… con más o menos conmoción… dejando todo a su alrededor sumido en una oscuridad absoluta.

Quizás a la espera de otra vela.

Posiblemente, de otro color.