¿Te acuerdas cuando

¿Te acuerdas cuando eras una niña y jugabas a correr aventuras? El mundo era grande pero tu imaginación era inmensa.

Inventabas historias dignas de película con tan solo unas montañas de arena de unas obras del parque y cada día podías ser un personaje nuevo: un médico, una estrella de cine, una cantante, una profesora, un elefante, un dibujo animado… No habían límites, tan solo tu capacidad de inventiva.

Todos los adultos a tu alrededor te preguntaban: ¿qué quieres ser cuando seas mayor? Y tu soñabas con ser mayor porque parecía que ser mayor significaba eso, ser todo lo que tu quisieras sin tener que imaginarlo. Todos reían con tus respuestas tan creativas. “Qué niña tan graciosa”, decían.

Tu eras pequeña. El mundo era grande. Podías con todo.

Con el paso de los años empezaste a hacer muchos deberes de la escuela y más actividades extra escolares, algunas te gustaban, otras te convenía aprender. “Estudia mucho” te decían. Matemáticas, lengua, tecnología… “No pintes tanto que te vas a echar a perder”, “tienes muchos pájaros en la cabeza”. ¿Recuerdas en qué momento enterraste la idea de abrir un refugio para perros? ¿o de escribir libros desde una terraza frente al mar? ¿o dibujar gatos azules en montañas amarillas?

La seguridad de lo estable siempre es una garantía. Imaginar, no.

Nos hicimos adultos, con nuestros deberes y obligaciones, acatando nuestra llamada a la “sensatez”. Y obedecimos, porque así es como debe ser.

Madurar. Ser serios.

Ya éramos mayores. El mundo era más pequeño. El TODO se hizo demasiado arriesgado.

Y a algunos les gustó esa seguridad. Estaban hechos para eso. Unas horas fuera de casa, un trabajo rutinario, unas cervezas en el bar, las vacaciones en el pueblo, casarse, tener hijos…

Pero a ti…

Tu niña interior, enterrada en lo hondo de tu psique, no paraba de gritarte. Quería jugar.

Todavía quiere jugar.

Todavía grita.

Dime… ¿la vas a dejar salir?