Escribir los temores.

Siempre recuerdo que tengo que volver al hábito de escribir cuando algo me atormenta.

Luego lo olvido.

Eso no es bueno, o sí, no lo sé.

La confusión y el miedo, hoy por hoy, son las emociones que me impulsan la necesidad de vomitarlo todo sobre el papel. Escribirlo hace que se disipen algunos temores.

Otros simplemente se desgranan, como cuando deslías los cables de los auriculares por enésima vez.

Escribo y siento el temor en mis dedos.

Temo, ante todas las cosas, a mi propia mente, que se auto traiciona rescatando vivencias que la ponen en alerta, como si el subconsciente creyese que el peligro aún existe y que el dolor va a volver,

para quedarse.

Mucho tiempo llevo intentando hacerle entender que ya no la escucho, que los tiempos han cambiado, que por fortuna ya nada es igual;

pero ella a la mínima se alerta y grita, tan fuerte que en mis momentos de debilidad es lo único que oigo.

Es lista. Sabe bien cómo hacerse oír.

Por suerte mi corazón no se la cree. Siempre ha sido un valiente. Siempre ha sido un luchador. Él sabe que las guerras se ganan desde el impulso de sus latidos, siguiendo su propio compás.

Pum, pum, pum.

Nadie dijo que el camino fuera fácil,

pero bien merece lo que nos enseña.